Lo que no se le ha perdido

Cada vez creo con mayor certeza que soy una adulta poco funcional. Mi mente viaja inventando miradas y escenarios que se estrellan en una estación de metro equivocada, en los zapatos que dejo olvidados en cualquier bar o en una conversación que hace rato abandoné y a la que mi cuerpo responde asintiendo de vez en cuando, para hacerle creer a quien tengo en frente que todavía sigo allí.

Esta materialidad me cuesta. Si el genio de la lámpara apareciera le pediría un par de clones que me ayudaran a sobrevivir a mi misma. Alteregos que hagan la compra antes de que la nevera esté vacía, que recuerden pagar las facturas a tiempo y que tengan la consciencia de que hay que mirar el semáforo antes de cruzar la calle. 100 euros, eso me costó mi último gesto de libertad. ¿Cómo explicarle al poli que me salté la luz roja porque iba pensando en los mensajes que llegan del más allá y en cómo puedo encajar esto en una de las escenas de la obra de teatro que estoy creando?

O cómo le explico a mis amigos que llegué tarde porque justo cuando iba saliendo, sonó en Spotify ‘Pa’l norte’ de Calle 13 y quedé enganchada en un perreo intenso que no me dejó salir de casa. Son cosas que no se pueden evitar, lógicas que no me da la gana aceptar y que me doy el privilegio de soltar.

Porque creo que cuando las ideas llegan o el movimiento aparece es un crimen quitarles la posibilidad de existir. Es casi un acto sagrado. Un trazo, una idea, una forma, un movimiento. Rechazarlos es ignorar la vida en su estado mas puro.

O por lo menos este es el cuento que me echo para justificar la necesidad de hacer siempre lo que quiero, para que mi irreverencia y egocentrismo no se vean tan feos.

Egoísmo puro y duro, hedonismo en todo su esplendor. Últimamente pienso en qué pasaría si un día le hiciéramos caso a DiCaprio, y levantáramos la mirada para descubrir que vamos a morir ¿Habría algo que pudiera salvarnos de nosotros mismos? ¿Qué es lo que nos sostiene como especie?

Miro hacia atrás y con toda mi inutilidad puesta sobre la mesa, me doy cuenta que si he llegado a estas 33 vueltas es porque otros han estado ahí para acompañar cada giro y sostener el vértigo.

Son los otros los que irremediablemente siempre me han salvado, cubriendo las ausencias y conteniendo los excesos, con esa paciencia que trae consigo el amor y que permite entender, por ejemplo, que un día hubiera olvidado que el dinero que tenía en los bolsillos era el pago de un cliente a nuestra empresa; y en en cambio, creyera con todo mi corazón que se trataba de un milagro: el regalo de Dios para llevar al veterinario a un perrito callejero que acababa de encontrar. El trabajo de dos meses de mis socias se fue en terapias y radiografías.

Resignación, por supuesto ¿qué más podían hacer? pero en el fondo mucho amor. Es lo que nos permite encontrarnos, inventar mecanismos para tratar de interpretarnos y acercarnos en medio del cúmulo de abismos e inciertezas que hay en cada uno de nosotros. Empatía, gestos de genuina entrega, la imperiosa necesidad de entendernos y ubicar en el mapa de los afectos nuestra posición con los demás.

Eso es lo que me ha salvado, paracaídas que me agarran en mitad de vuelo y hacen que el aterrizaje sea menos caótico. Y aunque como ahora, me confunda de salida y lleve 15 minutos dando vueltas en la estación del metro, siempre hay algo o alguien con el corazón abierto, dispuesto a reírse al verme volver de Narnia, en el eterno retorno de una adulta disfuncional.